Capítulo 13. El Sr. Lobo y su barco de patatas (Malasia II).

No siempre es fácil ir transformando un sueño en un grato recuerdo. No todo es perfecto, y pensándolo bien, ya está bien que sea así. Pero la caída que sufrimos hace pocos días nos ha dejado un poco tocados. Tanto física como psíquicamente. Las secuelas se instalan en tu cuerpo y mente, y mientras las primeras se van en cuestión de días, las otras son perennes y pueden decidir coger una silla y sentarse en tu mente para descansar un largo tiempo con la intención de no irse en semanas. Todo depende de tu voluntad para ejercer la presión necesaria y acabarlas expulsando como si fuera el pus de un grano maduro y saturado en medio de la frente.

Por este motivo, los primeros quilómetros después del accidente de moto en medio de la autopista fueron delicados. Además del dolor de los golpes que va saliendo lentamente en forma de morados, la autoconfianza está tocada y te preocupas por lo que debe estar sufriendo tu acompañante que, aunque no lo diga, sabes que la procesión no va por fuera y que está más tensa de lo normal. Quizás no tanto como un gato cuando se espanta al ver un bulldog cerca, pero sí más que un koala que se acaba de despertar después de dormir más de 18 horas seguidas.

Así pues decidimos detenernos unos días en Melacca, una ciudad costera turística entre Singapur y Kuala Lumpur que nos ayudará a recuperarnos de los golpes recibidos. Aprovechamos los más de 10 días que estamos ahí para movernos poco y descansar mucho. Vamos al cine, cambiamos el neumático delantero, y poca cosa más.

El próximo objetivo del viaje es estudiar la manera de enviar la moto de Malasia a Indonesia. Con esta premisa, visitamos el puerto de la ciudad para comprobar si hay opción de enviarla en barco desde allí. Sin embargo nos comentan que no es posible. Solo hay transporte comercial para personas. Nos dicen que tenemos que ir a un puerto cerca de Kuala Lumpur. Así pues, siguiendo sus instrucciones, después de casi dos semanas decidimos continuar el camino siguiendo esta pista.

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Volvemos a la capital del país, donde nos alojamos en el mismo hotel en el que estuvimos la primera vez que la visitamos, en China Town. Es un hotel donde no solo la relación precio-calidad es buena. En él trabaja gente que, escuchándola, te pueden hacer vibrar el alma tan fácilmente como si fuera la cuerda de un arpa acabada de tensar. Como la historia de Irene, una filipina que hace 4 años seguidos que trabaja allí y que utiliza medio sueldo para enviarlo a sus 4 hijos, que viven en Manila con su abuela. O como la de Melisa, otra filipina que al no tener papeles no puede pisar la calle. De lo contrario, le puede suceder como la ocasión en la que salió un momento a comprar. Un policía la paró y la detuvieron. Afortunadamente, la perdonaron y no la deportaron. Desde entonces no sale del edificio. Y de esta experiencia ya hace más de un año.

Encontrar historias así en un viaje de estas características es fácil. Y oírlas enriquece tanto como entristece. Conociéndolas ajustamos nuestro nivel de prioridades y preocupaciones. La balanza que hemos creado durante años en nuestro sistema europeo se corrige, aligerando el peso del lado en el que se depositan lo que en casa entendemos como un “problema importante”. Escuchar los conflictos de esa gente hace que modifiquemos nuestro armario mental y ordenan muchos de nuestros “problemas” en el cajón que realmente se merecen, que bien podría tener pegado una etiqueta escrita a mano en la que se leyera “tonterías varias”.

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Siguiendo nuestro plan, nos dirigimos al puerto de Klang, que está a unos 30 kilómetros de Kuala Lumpur. Los recorremos conduciendo por un caminito asfaltado de un metro y medio de ancho como máximo especial para motos que además de evitar peajes, como sucede en muchos países asiáticos, te permite evitar el tránsito de coches que hay en la autopista. Pasamos por túneles de juguete y por parajes que nos hacen disfrutar de una vuelta en moto diferente. Mientras, pensando bajo el casco como suelo hacer siempre, me doy cuenta que tampoco no es tanta la locura que induce realizar un largo viaje como el nuestro. El trayecto nos llevará unos 200 días. Si la mediana de vida de una persona es de unos 29.200 días (unos 80 años), esto significa que esta pausa que supone este viaje equivale a un porcentaje del 0,68% del total del tiempo de nuestra vida. Pienso que no es tanto.

Al llegar al puerto, explicamos la situación a todo el mundo. Y debido a la pereza de no querer gestionar un envió tan raro, o fruto del desconocimiento, vamos de un despacho a otro hasta que llegamos a uno que, un poco sorprendidos, nos indican que el envío de la moto tendrá un precio que no queremos asumir. Ante tal situación, solo nos queda una opción: llamar al Señor Lobo. Como en Pulp Fiction, no tenemos más remedio que visitar al Sr. Lim en la isla de George Town, un personaje muy famoso dentro de la familia motera que ayuda a todo el mundo a llegar a Indonesia. Lo teníamos en mente desde el primer día, pero al estar al sur de Malasia queríamos asegurarnos que no había otra opción con el fin de no tener que volver a cruzar el país otra vez dirección norte para conocerle. Pero no hay otra salida. El Sr. Lim es nuestro hombre.

En un día dejamos la gran capital y nos dirigimos al norte para entrar a una ciudad que ya visitamos hace semanas poco después de entrar en el país. Para llegar a la isla donde se encuentra el Sr. Lim tenemos que volver a cruzar ese puente espectacular de más de 10 kilómetros de largo. Quizás el más espectacular que hemos cruzado nunca. Y así llegamos a una ciudad moderna, amable y diferente que nos acogerá el tiempo necesario para gestionar el envío de la moto. Intentaremos que no sea mucho tiempo, pues la ciudad es bastante cara.

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Nos alojamos en el hotel más económico que encontramos, que aún serlo, es caro. Como curiosidad, vemos un adhesivo clavado en el techo de la habitación en forma de flecha, al lado del ventilador, que indica hacia dónde debemos apuntar si queremos rezar de cara a la Meca, que no es el caso. Ese mismo día contactamos con el Sr. Lim y quedamos con él el día siguiente para embarcar la moto en un barco que nunca olvidaremos.

A la mañana siguiente, a primera hora nos dirigimos a su despacho para que nos acompañe al puerto. Después de entrar y conocerlo, nos comenta que nos tenemos que esperar un rato, pues además de nuestra moto, cargarán otra de un motorista islandés, que conocemos al cabo de pocos minutos.

Todos juntos nos dirigimos al puerto, donde el Sr. Lim realiza todas las gestiones pertinentes y nos acompaña hasta el barco que, ante nuestra sorpresa, es un carguero de patatas y otro tipo de alimentos.

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Con paciencia, conjuntamente con los marineros, atamos primero la moto de Kristján, el motorista islandés, y la vemos flotar en el aire hasta que la cargan en un lado del barco. Y después, atamos la nuestra para cargarla al otro lado. Es imposible que el corazón siga su ritmo habitual observando los segundos que la moto está en el aire suspendida por una cuerda. Es inevitable no imaginarse lo peor. Afortunadamente todo va bien y depositan a Richard encima de la madera de un barco viejo, donde permanecerá los dos días que durará su viaje hasta Indonesia.

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Ya sin la moto, antes de subir al avión para volar a Medan, dedicamos el último día a pasear por la gran ciudad, preguntándonos cómo será el 17º país que visitaremos desde que abandonamos nuestro pueblo. Y sí que nos acabará sorprendiendo Indonesia, pero quizás lo más destacable será que para cruzarla nos acompañará un personaje que nos acabará marcando el viaje.

Mientras, como siempre, redactamos esta crónica para no olvidarla jamás. Una crónica que, como todas, nos dibujará una nostálgica sonrisa siempre que la leamos, pues describen algunos de los momentos más importantes de nuestras vidas. Cuando tengamos que morir, moriremos, pero con todos estos recuerdos que vamos almacenando día tras día nos habremos asegurado que hemos vivido. Y lo dejamos aquí porque este viaje nos está dejando sin palabras. Si fuéramos poetas, otro gallo cantaría.

*Soñar es gratis, pero para realizar algunos, necesitas ayuda. Este trocito de sueño ha cobrado vida gracias a APIC – Asia Pacific International College, Go Study Australia,Foto24 y Dynamic Line, gracias a nuestros colaboradores, y sobretodo gracias a ti. Y no lo olvides: Si puedes soñarlo, puedes hacerlo.

CURIOSIDAD.

Ansiedad. La emoción más común que se experimenta en los sueños, es la ansiedad. Además, está demostrado que las emociones negativas son más comunes que las positivas.

DEDICACIÓN.

Dedicamos esta crónica a Irene, Melisa y a todas esas personas “ilegales” que hay en el mundo; a esa gente que no tiene “papeles”, unos papeles que no les otorgan la gente que sí los tiene y que, esperamos, nunca se encuentren en la misma situación que los que no los tienen. Como nunca se sabe, en el caso que se gire el calcetín y sean ellos los acaben necesitando los malditos papeles debido a cualquier urgencia, automáticamente esta crónica también estará dedicada a sus personas.

CONTACTOS ÚTILES.

Para realizar el envío de la moto de George Town (Malasia) a Belawan (Indonesia):

Mr. Lim.
cakrashipping@gmail.com
Cakra Enterprise.
187, 2nd Floor, Lebuh Pantai (Beach Street),
10300 Georgetown, Penang
Office telephone no, 042625879
Mobile telephone no. 0124709717

INSPIRACIÓN.

Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.

Fernando Pessoa.

FraseDreamhunters60

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