Capítulo 3. La mariposa enamorada (Francia, Italia y Eslovenia).

Si lo mejor que le puede pasar a un cruasán es que lo unten con mantequilla, lo mejor que le puede pasar a una mariposa es no cruzarse en el camino de Richard Parker cuando está disfrutando como un niño con neumáticos nuevos en medio del asfalto.

Cuando ocurre, tanto Richard como yo las intentamos esquivar, pero en ciertas ocasiones nos resulta imposible. Son ellas o nosotros. Cualquier movimiento brusco de manillar podría poner en peligro nuestra existencia sobre la faz de la tierra. Y como somos conscientes del hecho que si nos pasara algo por su culpa nuestras madres llorarían, optamos por no arriesgar. Si ellas mueren, sus madres nunca se enterarán. ¡Vete tú a saber donde están!

Durante el fugaz paso por Francia esquivamos muchas, pero alguna besó inevitablemente la cúpula de la moto con un impacto brutal. Debíamos darnos un poco de prisa porque en dos días teníamos que estar en Torino, el lugar donde trabaja la madre de Lore desde hace años.

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De nuestros dos días en moto por Francia nos sorprendió el trato entre todos los motoristas. No hay ninguno que no se salude. Y cuando digo ninguno, me refiero a que el 95% lo hace. Y no levantando un dedo, no, sino levantando toda la mano con un entusiasmo fuera de lo normal. No digo que en nuestro país no se haga, pero siempre encuentras a muchos que ni te miran cuando te cruzas con ellos. En el país de Carla Bruni parece que no es así. Incluso cuando aparcas la moto y te pones a comer un bocadillo en un banco de madera a 5 metros de ella, pasa un motorista y te saluda con euforia. O incluso los conductores de las Harleys, que siempre me han parecido un mundo a parte. Hasta ellos te señalan el asfalto con el dedo cuando te cruzas con sus ruidos inimitables que no dejan dormir ni a los sordos.

Hace años me pregunté por el origen del saludo motero. Mi curiosidad rascó por todas partes hasta que averigüé que la historia de ese saludo tiene distintos orígenes. Uno de ellos deriva en la Segunda Guerra Mundial, en la que Winston Churchill popularizó la resistencia estoica del Reino Unido ante Alemania con el levantamiento del brazo y mostrando los dedos, medio e indice, en forma de «V». Este gesto fue adoptado por algunos de los motoristas de las fuerzas armadas británicas durante la guerra y cuando se cruzaban se daban ánimos para seguir luchando contra las huestes germanas.

Pero hay otra teoría originada en la época de los 70, en la que un piloto británico llamado Barry Sheene, que a la postre sería dos veces Campeón del Mundo de 500 cc y para muchos, uno de los mejores pilotos de la historia del motociclismo, también popularizó este gesto. la «V» de victoria tenía un claro significado para el piloto británico y era mostrar, tanto a sus rivales como a «otros equipos» que había vencido.

Sea como fuere, el origen y la historia del saludo motero es una costumbre que no debe perderse.

La primera noche la pasamos en un hotel F1 cerca de Nimes, una cadena de hoteles francesa a un precio muy razonable la noche. Solo estirarnos en la cama nuestro cuerpo se relajó y se durmió en el acto. Tanta acumulación de nervios y de emociones durante los últimos días nos habían dejado más cansados que un narcoléptico.

Al despertar continuamos nuestro camino hacia Italia, hasta que llegamos a una casita de un pueblo de las afueras de Torino, que es donde trabaja Constanza, la madre de Lore. El reencuentro, como no podía ser de otra manera, fue de lo más emotivo. Después de tantos meses sin verse, no hubo más remedio que desprenderse de algunas lagrimas que se habían almacenado durante demasiado tiempo y que ya no cabía en el cuerpo.

Cuando por culpa de la gravedad el suelo ya había acumulado algunas gotas de estas de las que nos desprendemos los humanos de vez en cuando cuando estamos emocionados y que los robots no pueden expulsar (almenos de momento), la familia con la que trabaja Constanza nos invitó a cenar con una comida a base de embutidos, pan con tomate, carne y vino. Seguramente será la última cena similar que haremos en mucho tiempo y que echaré tanto de menos, por lo que teníamos que aprovecharlo educadamente sin delatar nuestro entusiasmo ante tal importante evento. En ese momento desconocíamos lo que nos sucedería pocos días después en Eslovenia.

Hablando de comida, tengo que confesar que durante los últimos meses en mi pueblo decidí engordar un poco. Es una técnica que siempre utilizo cuando me espera una larga temporada lejos de casa. Es como llenar el depósito de la moto para tener una buena reserva. Por experiencia, sé que en la India adelgazaré bastante, por lo que tiraré de la grasa acumulada. Quien me preocupa es Lore, que está delgada como un pincel de punta fina. Ella no tiene nada de grasa, y si adelgaza más no le hará falta la “capa de invisibilidad” que está buscando una amiga científica junto con su equipo desde hace un tiempo en su laboratorio de Barcelona. ¡Un abrazo, Anna, y mucha suerte!

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Para los próximos cuatro días teníamos un buen plan: la madre de Lore había alquilado un apartamento en el centro de Como, un lugar de ensueño en el norte de Italia ante un lago espectacular con vida propia. Con el fin de pasar el máximo tiempo juntas, Lore y su madre fueron de Torino a Como en tren mientras yo lo hacía cantando a lomos de Richard, que estaba más contento que un perro labrador de menos de un año que te ve por primera vez después de semanas sin saber de ti. Si Richard tuviera cola, no habría parado de moverla de un lado a otro. Pero la hubiera detenido en seco cuando él y yo ya estábamos ante la puerta del apartamiento de Como. Sacando las maletas metálicas laterales de la moto, un par de caravinieris detuvieron su coche ante mi en plena plaza y me preguntaron si tenía permiso para aparcar ahí. Les dije que solo serían 4 minutos, el tiempo que necesitaba para descargar las pesadas maletas metálicas de Richard y subirlas al apartamento, que estaba justo ante mi. Pues será que no. Me dijeron que o iba a aparcar a otro sitio, o multa. Y como quiero mantenerme joven y evito siempre cualquier discusión (tal y como recomendaba sabiamente en uno de sus chistes el gran Eugenio) aparqué a Richard a lo lejos y empecé a realizar viajes a pie para transportar el equipaje de la moto a la habitación bajo un sol abrasador.

Los días en Como fueron como tenían que ser: descanso, comer, dormir i poca cosa más. Los tres estábamos la mar de felices disfrutando de nuestro tiempo juntos. Sin embargo, en el ambiente se respiraba el temor silencioso de lo que pasaría el último día. Tanto Constanza como Lore son personas altamente sensibles y aunque no lo comentábamos entre nosotros, sabíamos que el “adiós” sería para un largo tiempo y garantizaba que sería duro de ejecutar.

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Y aunque en ocasiones aburrirse es un placer (por lo menos para mi), no paramos ni un instante de hacer cosas. Cada mañana salíamos del apartamento sin ningún manual de instrucciones, pues no hay nada más insulso que una agenda repleta de apuntes que reducen al máximo cualquier probabilidad de recibir una sorpresa agradable, y disfrutábamos de lo que el día nos ofrecía. Subimos al teleférico para ver las vistas del lago, le dimos la vuelta en moto (que se tarda más de una hora y media si vas tranquilito), paseamos, enviamos postales a nuestros seres queridos, salimos a cenar… todo, mientras pensábamos en lo que nos quedaba de viaje. Esta nueva vida no había hecho más que empezar.

Y así hasta que llegó el día de la despedida. A las 8 de la mañana ya estábamos en la estación de Como esperando el tren que tenía que devolver a mi suegra a Torino. Tanto la madre como Lore estaban bastante emocionadas y tristes. Por este motivo yo intentaba relajar el ambiente utilizando el mejor recurso posible en comunicación para este tipo de situaciones: el humor.

Como curiosidad, mientras estábamos en el bar de la estación de tren tomando un café, me llamó la atención que dentro del local estaba lleno de golondrinas. Entre sorbo y sorbo de café, ellas buscaban en el suelo migitas de pan paseando por entre los pies de los clientes que estaban en la barra. El hambre vencía su miedo hacia el ser humano. ¡Insensatas!

Cuando los tres estábamos en la andana del tren, preguntamos a un trabajador a qué hora salía el que iba a Torino. Nos dijo a las 9.15 por la vía uno. Aún quedaban unos 20 minutos. Quizás solo me di cuenta yo, que era el que tenía los sentimientos más amueblados, pero en cinco minutos llegó un tren por la vía uno, y entre abrazos y unas palabras que se decían entre ellas y que yo no entendía (eran en rumanés), atónito vi como las dos subían al tren con todo el equipaje. “¿Pero qué hacéis?”, les decía. Solo yo parecía ser consciente del error que estaban a punto de cometer. Pero cuando las dos ya estaban en el pasillo del interior del vagón, con todo el pesado equipaje de Constanza yaciendo en el suelo y que hacía torpe cualquier posible maniobra rápida, empezó a sonar ese pitido inconfundible que indica el cierre de las puertas del tren. Entonces Lore, con agilidad, saltó a tiempo, las puertas laterales de la entrada se besaron la una con la otra, y el tren partió hacia no sabía dónde con mi suegra dentro mientras nos saludaba emocionada agitando el brazo de un lado a otro, ignorando que su destino no era el planeado.

Mientras yo se lo contaba a Lore se nos acercó alarmado el trabajador con el que habíamos hablado anteriormente. Definitivamente ése no era el tren que esperábamos. Lore cogió el teléfono y la llamó para corregir el error. “¿Pero por qué hemos tenido tanta prisa?”, le preguntaba la madre a su hija. Yo también me lo preguntaba, como tantas otras cosas que me pregunto hoy en día y que aún espero respuesta. Pero en el fondo, esa equivocación había sido lo mejor que podía haber pasado. Ese error nos evitó esperarnos 20 minutos eternos en la andana de la estación alargando la agonía de una despedida que pronosticaba una lluvia de lágrimas capaces de erosionar el suelo.

Richard nos esperaba a la salida de la estación para ir al siguiente destino: Venecia. Recorrimos unos 300 kilómetros, nos paramos a dormir muy cerquita de la ciudad de los canales, y a primera hora de la mañana la visitamos.

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Del trayecto a Venecia me sorprendieron dos cosas: la primera, la señalización. Vas por la carretera y una señal te indica “Venezia, 46 kms”. Y después de recorrer 8 kilómetros, te encuentras otra señal que indica “Venezia, 54 kms”. Y la segunda, mucho más gratificante, era comprobar que en los pueblecitos de Italia también existe la tradición de colgar carteles de los amigos que se casan por todas partes. Esos carteles con diseño cutre que acostumbran a ser de blanco y negro para ahorrar tinta que se pegan en los semáforos, paredes, marquesinas, etc. Me gustó porque desde hace años que colecciono posters de este tipo. De hecho, mi segundo proyecto editorial es una colección de carteles titulada “carteles de boda”. Si quieres verla, no tienes más que clicar “aquí”. Pero ya te aviso: puede que aparezcas tú.

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Venecia es fabulosa. Nos habría encantado quedarnos un par de días, pues el lugar lo merece, pero económicamente no podíamos poner en peligro nuestras reservas y solo estuvimos media jornada. La otra media la utilizamos para llegar hasta un hotel de Eslovenia, un país que fue visto y no visto. Teníamos Croacia a muy poca distancia y eran muchas las ganas que teníamos de visitarla.

Cabe destacar que en este país tuvimos el primer mal entendido con la comida. Y digo el primero porque por experiencia sé que habrá más, hecho que me encanta. En el restaurante del hotel nos pareció pedir dos tortillas con patatas, pero aunque el camarero asentó con la cabeza, no nos debió entender bien, pues nos trajo dos bistecs con guarnición en unos platos gigantes para los dos. Hasta había trozos de manzana en alguna esquina. Pero no importaba. Teníamos más hambre que las golondrinas del bar de la estación de Como y hay errores que siempre son bienvenidos. ¡Si nos habían servido eso, pues no había más remedio que solucionarlo!

A la mañana siguiente, nos levantamos temprano para conducir evitando el calor del día. Y ahí estábamos otra vez, en la carretera camino de Croacia esquivando mariposas eslovenas que flotaban por ahí mientras que al mismo tiempo también las notábamos revoloteando por nuestro estómago fruto de la emoción ante el largo viaje que nos esperaba sin saber que pronto sufriríamos el primer accidente con la moto. Y entonces me vino una pregunta de la que aún hoy no tengo respuesta: “¿cuándo una mariposa se enamora, notará seres humanos andando por su estómago?”

*Soñar es gratis, pero para realizar algunos, necesitas ayuda. Este trocito de sueño ha cobrado vida gracias a APIC – Asia Pacific International CollegeGo Study Australiafoto24 Dynamic Line, gracias a nuestros colaboradores, y sobretodo gracias a ti. Y no lo olvides: Si puedes soñarlo, puedes hacerlo. 

 

CURIOSIDAD.

Rostros conocidos. Aunque en sueños el ser humano sea capaz inventar un mundo en el que es posible volar y bucear durante horas sin necesidad de oxígeno, el cerebro no modela rostros desconocidos, sino que ve personas reales. Quedan muy lejos las caras sin sentido a lo «Picasso», que sólo tienen cabida en la imaginación despierta.

DEDICACIÓN.

En Grup VL – Fundació Vella Terra, tanto Lore como yo vivimos unos años que no olvidaremos nunca. Trabajar con gente mayor es de las mejores cosas que nos han pasado en la vida. Poder oír diariamente los consejos de la gente más SABIA del mundo es un regalo. En parte, este proyecto existe gracias a lo que hemos vivido en esta empresa, sobretodo en la residencia de Campdevànol, donde hemos aprendido que la vida pasa rápida, que sólo hay una y que hay que aprovecharla. Por eso, esta crónica está dedicada a toda la gente con la que coincidimos, sobretodo en el día a día en Campdevànol. Ellos ya saben quienes son, y saben lo especiales que son para nosotros.

INSPIRACIÓN: «NO TE DETENGAS».

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,

sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,

que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.

Somos seres llenos de pasión.

La vida es desierto y oasis.

Nos derriba, nos lastima,

nos enseña,

nos convierte en protagonistas

de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,

la poderosa obra continúa:

Tu puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar,

porque en sueños es libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores:

el silencio.

La mayoría vive en un silencio espantoso.

No te resignes.

Huye.

“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,

dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas simples.

Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,

pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.

Eso transforma la vida en un infierno.

Disfruta del pánico que te provoca

tener la vida por delante.

Vívela intensamente,

sin mediocridad.

Piensa que en ti está el futuro

y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.

Las experiencias de quienes nos precedieron

de nuestros “poetas muertos”,

te ayudan a caminar por la vida

La sociedad de hoy somos nosotros:

Los “poetas vivos”.

No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas…

WALT WHITMAN

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6 Responses to “Capítulo 3. La mariposa enamorada (Francia, Italia y Eslovenia).”

  1. Isabel Mir Cortacansagosto 4, 2014 at 10:17 pm #

    És fantàstic! Com a persona especial per vosaltres, espero un dia poder sentir aquestes històries cara a cara. Gràcies per compartir-ho

    • Albert Soler
      Albert Soleragosto 5, 2014 at 4:01 pm #

      Aiiiixxx, Isabel! Tan de bò algun día te les pugui explicar cara a cara, sense cap més problema que lo calent que és el cafetó que poguem estar prenent!!!!

  2. Annaagosto 6, 2014 at 5:36 pm #

    Una crònica xulissima! Una forta abraçada!

    • Albert Soler
      Albert Soleragosto 6, 2014 at 8:09 pm #

      Sabia que t’agradaria!!! Una abraçada gegannnttt!!!!

  3. andrea pazagosto 27, 2014 at 1:49 pm #

    hermosa cronica me hisieron llorar la vida es bella y hay que vivirla al maximo los queremos

    • Albert Soler
      Albert Soleragosto 28, 2014 at 6:11 pm #

      Totalmente de acuerdo contigo Andrea! Solo hay una vida y se tiene que exprimir al máximo! Abrazos!!!!

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