Capítulo 17. Viajar es una mierda (Australia).

Cada uno de mis sentidos se van despertando como se despierta un despertador antiguo cuando, a la hora señalada, enloquece y hace vibrar sus brazos de hierro alzados para golpear repetidamente con sus puños cerrados una pequeña cúpula metálica circular ubicada, como si fuera el sombrero de paja de un campesino chino gordo y campechano, en su parte más alta. Por fin ha llegado la hora.

Abro los ojos. Me los tengo que frotar para que mi vista recupere cierta dignidad. Parece que despierte de un letargo de años. ¿Qué ha sucedido, realmente, durante todo este tiempo? Estoy un poco desorientado. Demasiados días seguidos deambulando sin mucho sentido. Y por si fuera poco, durante estas últimas treinta horas no he hecho nada más que inyectarme cultura por la vena a base de libros, periódicos, películas y recuerdos. Demasiada información para filtrar.

Una voz metálica espabila mis oídos avisándonos a todos que ya hemos llegado. Nos da la bienvenida entre los aplausos y el jolgorio de la gente. Clavo las uñas en mis brazos cruzados para notar el tacto de mi piel, estiro las piernas como lo hacen los gatos al despertar, y trago sorbos de saliva para humedecer mi paladar.

Las azafatas abren las puertas de la máquina del tiempo. Sigo una cola india inquieta hasta que logro asomar la cabeza. Lo primero que percibo son los rayos de luz. Son tan intensos que me obligan a minimizar, de nuevo, la apertura de los ojos. Medio ciego, suspiro y me lanzo. Y a medida que voy bajando las escaleras, me voy adaptando al potencial del brillo del cielo. Es inmenso y tiene un color amarillo oxidado. Tal y como lo recordaba. Un viento melifluo que huele a palomitas resucita mi olfato y mi oído susurrándome una suave nota contenida. Y por entre las nubes, se filtran los mil brazos gelatinosos del sol. Me recuerda el komorebi japonés que vimos en Bali. Pero en vez de colarse entre el túnel creado por las ramas de los árboles, su destello se filtra por entre los algodones de la bóveda celeste. Parecen que me agarren con cariño y me envuelvan el cuerpo entero con un abrazo que reanima mi alma. Noto que me da la bienvenida, mientras me susurra al oído “ya era hora. Estás aquí, y ya no te suelto”. Hasta el suelo me saluda con un apasionado “Have a happy day”. Nunca antes ninguna acera me había hablado así. La cosa pinta bien, y sin falta de pincel.

Respiro el aire a conciencia. Noto como transita por todo mi cuerpo. Parece como si por mis venas circularan mil cubitos de hielo. Lo necesitaba. Mi cerebro andaba demasiado cargado. Sobrevivía entre tinieblas inundado por un abismo de ébano. Y tenía mal aliento. Otra vez. Sus ventanas estaban cerradas con los pestillos oxidados fruto de las tantas lágrimas que han derramado durante todo este tiempo. Parecían contaminadas por la opinión de las redes en el mar de Neruda, después de hablar con ellas.

En uno de mis pasos, chirriando, también oigo el despertador de Randall Stevens. Por fin. Ahí está de nuevo ese hombrecito en forma de plumero que es letal para cualquier tela de araña. Estaba agotado de tanto dormir. Por la sintonía alegre que silva, noto que se levanta contento. Incluso más que la primera vez que lo oí, ahora hace un tiempo. Y percibo que, con prisas, abre las ventanas de mi seso de impar a impar. Ya tocaba. Es consciente que mi salud lo necesitaba. Sabe que sufro el síndrome de Wanderlust. Porque una vez que el bicho de viajar te pica, por más que te rasques, ya nada te cura. Y estar tan quieto me estaba inquietando hasta puntos insostenibles. Noto el aire correr. Por un lado entra el que es puro y fresco y, por el otro, sale el que está cargado. Tanto, que al abandonar mi cerebro, la gravedad no es capaz de aguantar su peso y cae al suelo, causando un gran estruendo que solo yo soy capaz de oír.

Lore está conmigo, como siempre lo estará, pero ya no está. Y Richard tampoco me ha podido acompañar. Los dos emprendieron otro viaje paralelo. Otras etapas, por separado, se abren ante nuestros ojos. Y estoy seguro que a los tres nos va a ir bien conscientes que, aunque estemos muy lejos en la distancia, somos vecinos puerta a puerta en cariño y en recuerdos que huelen a perfume. Todos ellos incunables. Con un valor que solo nosotros comprendemos. Por todo eso y mucho más, los echaré mucho de Menos, ese pueblecito que, si sigue así, se va a quedar sin habitantes, convirtiéndose en un fantasma con una sábana blanca y una bola negra atada en su pata.

Es curioso lo relativo que es el tiempo. Clicar el enlace que te ha traído a este episodio te ha llevado entre uno y dos segundos. Añádele otro más si tienes mala conexión. En cambio, para nosotros, entre la historia del capítulo anterior en la que estábamos en Indonesia, y esta que narra el relato que ahora tienes entre tus manos, han pasado unos 94.608.000 segundos. O lo que es lo mismo, un poco más de 3 años. Y durante cada uno de estos segundos, he hecho de todo para evitar rozar las entrañas de mi cerebro, todas ellas incrustadas con recuerdos disecados, con el único objetivo de no desempolvar mi sueño. No quería reconocer que su post-it estaba allí, pegado en el centro de mi mente e iluminado con un foco incandescente, recordándome que le había fallado. He tenido las ideas espesas y he intentado mantener mi alma distraída con un montón de fuegos artificiales que dibujaban bellas siluetas de mil colores en mi cielo. Y como cuando me pica el cerebro, me lo anestesio viajando, probé con dos excursiones por Europa en moto, cruzando los paraísos de la Transfagarasan y el Passo de lo Stelvio. Con Dani visité Hallstatt, el que es considerado el pueblo más bonito de Europa. Y con razón. Por el contrario, también entré en un pueblo de Huesca llamado “Triste”. Pero no fue tan bien. Porque allí aprendí que no hay nada más triste que estar triste en Triste. Y esa reflexión me hundió aún más en la miseria. Aunque me consoló pensar que en Chile hay un pueblo que se llama “Peor es nada”. Mejor que de momento no lo pise si no me quiero marchitar borracho de tanta nostalgia.

Y acabas deduciendo que viajar es una mierda. Porque si lo pruebas y realmente te engancha, es una droga que te agarra y ya no te suelta. Y te atormenta hasta puntos insospechados. Y comas. Y puntos y comas. Cuando has probado sus rayas, eres consciente de lo que te pierdes. Comparas cada momento de rutina diaria con cualquier otro momento viajado. Y te das cuenta que el día que estás viviendo es un día perdido. Eres consciente que sería muy diferente si estuvieras en ruta. Sería más rico, de más calidad. Con una lección útil que nunca olvidarás preparada para golpearte un azote en plena cara. Por eso, cuando todo viajero está quieto, nota que la vida se le escapa por entre los dedos. Es como intentar retener arena de playa. Ves que se va. Y ser consciente de ello, es desolador. Y en mi caso, a esta ansiedad le sumaba el malestar de recordar mi sueño frustrado. Ese que había abandonado y que recordaba cada segundo como una madre recordará siempre al hijo recién nacido que abandonó en una escalera de una casa cualquiera de barrio rico.

Con el fin de no oler tanta ruina, hice de todo. Pensé que quizás se me pasaría cumpliendo otros sueños de mi lista colgada en la nevera, titulada “Cosas a hacer antes de morir”. Por eso visité Auschwitch, donde se te pasan todas las tonterías de golpe (al menos por un tiempo), y meses más tarde pude ver en directo a Ennio Morricone con su orquesta sinfónica tocando la banda sonora de “Cinema paradiso”, mi peli preferida, en un marco incomparable como es el Coliseo de Nimes. También mantuve mi mente distraída con mil curiosidades. He aprendido que “pimpilimpauxa” significa “mariposa” en vasco, recordándome las que vimos en Eslovenia hace ya tanto tiempo; que “electroencefalografista” es la palabra más larga que hay en el diccionario de la RAE, aunque fuera de él existe el vocablo “Hipopomonstrosesquipedalifobia”, que curiosamente es el miedo a las palabras largas; y que se denomina “virguililla” a la rayita que hay encima de la “ñ”. Y como siempre he pensado que la curiosidad es muy curiosa, abrí mi mente y también estudié palabras extranjeras. Aprendí que en noruego, “Forelsket” es el concepto que describe la euforia que uno siente cuando se enamora. O que “Mangata” es una palabra sueca que se refiere al reflejo de la luna cuando brilla en el agua, dibujando un camino de luz en medio de la oscuridad. Me he distraído puliendo el libro – “Todo sobre el beso”, que acabó publicando Plataforma Editorial, y escribí otros tres: “Carteles de bodas”, “Sueños a todo gas”, y una recopilación de cuentos eróticos, que titulé “Fuegos malabares”. Todos bajo la editorial que creé para ayudar a la gente a publicar sus libros: Editorial Tuctuc.

He ejercido de profesor de creatividad, cosa que nunca había hecho antes. Volví a Grup VL – Fundació Vella Terra, lugar donde había trabajado antes del primer viaje, codo con codo con mi jefa, Isabel, una escritora que insiste en dedicar su tiempo en ser Directora de una residencia donde ayuda a los abuelos a mejorar su calidad de vida, y que ha tenido una paciencia infinita conmigo que desconozco de qué rincón la sacó. Ojalá no la pierda nunca. Kristján nos visitó en Ripoll y, un año más tarde, fuimos nosotros a verle a Islandia. Impresionante país. Y de vuelta, en el avión, me di cuenta que el tiempo, volando, pasa muy lento.

También creé un negocio de camisetas, libros y tazas basado en las frases de Rajoy, ese que le subió el iva a los chuches, y que decía que un vaso es un vaso, mientras yo pensaba que un beso es un beso. Lo bauticé con el nombre misterawful.com. Gustó tanto que hasta el gran Quim Monzó le dedicó un artículo en La Vanguardia.

Pero nada logró asesinar mi ansiedad. Nada. A cada momento sentía que me hacía el sueño encima. Me notaba estafermo, y cada segundo me consumía como si yo fuera uno de los cigarros que cada día se fuma Xavier Comella de tres caladas, con Sergi y conmigo, a las 14.36 en punto. Ni uno más, ni uno menos. Me he pasado cada minuto de estos tres puñeteros años y medio pensando cómo hubiera sido mi vida si no le hubiera fallado a mi sueño y hubiera llegado a Australia, un país cuyo nombre no paraba de acariciarme el alma. Me avergonzaba tanto preguntármelo que hasta me dolía mirarme a los ojos en cualquier espejo. Especialmente en ese que hay colgado en el baño donde he trabajado durante todo este tiempo.

Sentía como si intentara comer sopa con un tenedor mientras todo a mi alrededor desprendía un olor que olía a chamusquina, que no sé a qué huele, pero debe oler fatal. Porque todo lo que me rodeaba estaba enfadado y me gritaba a la cara la misma palabra. Las farolas, los árboles, un libro, las llaves del coche… Cada objeto que veía abría una boca inexistente y me susurraba chillando la palabra “Australia”. Día tras día; hora tras hora; minuto tras minuto; segundo tras segundo. Aus-tra-lia. Se repetía como la voz de alguien que no tiene muchos temas de conversación y que no sabe cómo despedirse. Solo se calló un momento. El instante en el que mi abuela realizó su último suspiro mientras me cogía de la mano un 18 de abril a las 2,18 de la mañana. Fue un momento estremecedor. De los peores de mi vida. Durante esos días la vocecita se comportó. Fue educada y tuvo el detalle de permanecer en silencio. Pero no tardó en volver. Y fue para quedarse. Otra vez. Jodida hija de puta. Hasta que me di cuenta que si no le prestaba atención, cada día de mi vida, hasta mi muerte, me estaría repitiendo la palabrita una y otra vez como un tartamudo con escaso léxico. Pero como me gusta ser como el viento, que nunca se queja que le venga gente en contra, decidí que no podía llorar más mi lamento. Así pues, un martes me levanté y me acordé de Proust y su “aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”. Y cambié.

Decía Gandhi que no es difícil cambiar; que lo realmente difícil es que entiendas que cambiar es muy fácil. Y en estos tres años que he tardado en volver a entenderlo, también descubrí que el silencio es el sonido más ruidoso que existe. Es como una pequeña bola de nieve que crees controlar, pero que si empieza a rodar, se va haciendo más y más grande, hasta que supera en tamaño el tamaño de tu bienestar. Y se vuelve insoportable hasta tal punto que no te deja ni dormir. ¡La de ovejas que he contado saltando la verja de un campo onírico para lograr pasar una noche en negro y no en blanco! Ese silencio, como el de los corderos de Clarice, gritaba tanto no me ha permitido disfrutar del cine. Ni trabajar. Ni amar. Ni nada. No ha tenido piedad. Arrasó mi bienestar hasta dejar un paisaje desolador. Si las fuerzas del orden son las encargadas de desordenar los sueños del pueblo, las vocecitas del sistema son las que asesinan los anhelos individuales. Por eso decidí que tenía que coger el sueño por los cuernos, que tenía que ser más sabio aún que la primera vez que rectifiqué en Indonesia para volver a casa, y que tocaba rectificar de nuevo para regresar. Porque mi sueño no solo no calla, sino que grita. Y siempre ha estado ahí. Como la bailarina mental que no para de bailar, o como esa bombilla del cuartel de bomberos de Livermore, California, que lleva 116 años encendida, sin interrupciones. Mi sueño tiene sed, y necesita agua.

Todos tenemos un súper poder. El mío es complicarme la vida. Por eso, Surfers Paradise, una ciudad costera tropical ubicada a mil kilómetros al norte de Sydney, será mi Zihuatanejo temporal particular. Está tan lejos de casa que si voy un poco más allá, ya vuelvo. Y si cabo un hoyo recto en el suelo, apareceré en el comedor de mi madre. Me iría bien para comer unas croquetas de bacalao de las suyas. Y para abrazarla. Pero estoy bien. Esta ciudad de la Gold Coast al lado de Brisbane será el lugar que aguantará el peso de mi sueño durante dos años. ¿Luego? Ya se verá. Lo único que sé es que, pase lo que pase, a partir de ahora viviré en paz. Aunque sea bajo un puente, asesinar este sueño y taparle la boca me permitirá volver a dormir. Porque, de verdad, vivir imaginando era realmente un mal vivir.

Nadie dijo nunca que los sueños fueran perfectos. Este no es una excepción. Mentiría si te digo que miento. Y como me niego a que las cosas me den miedo, decido cerrar las heridas asegurándome que no hay más dolor dentro y me vuelvo a perder con el único fin de volver a encontrarme. O mejor dicho, de volver a crearme. Porque como dijo Tolkien, “no todos los que deambulan están perdidos”. Hay ocasiones en las que para tener el control, debes perderlo primero. Así que, un poco desorientado, agarro la tabla de surf de la vida para dejarme llevar por las olas del destino. Y con ella, vuelvo a abrazar la incertidumbre con la misma fuerza que me han abrazado los rayos del sol cuando he bajado del avión. Y mientras la envuelvo con mis lazos en forma de brazos, me pregunto: si las pelis de miedo que he visto durante el vuelo, me dan miedo, ¿por qué las pelis de motos no me dan motos? Aunque ninguna nunca será como Richard Parker, cualquiera otra me iría bien para moverme por aquí. A ver cómo lo soluciono.

La vida es una mesa llena de cervezas con cuatro amigos sentados a su alrededor. El resto son vueltas, y vueltas, y más vueltas, algunas con caminos de espinas y otras con alfombras de seda. Hasta que vuelves a sentarte en esa misma mesa con esos cuatro amigos, ya más viejos. Y en esta vuelta que toca andar ahora, al contrario que la última, abandoné mi hogar sin decirles adiós a ninguno de ellos. No quería volver a llorar. Tengo que ahorrar unas lágrimas que sé que voy a necesitar cuando me sienta solo. Despedirme de mis amigos de toda la vida me hubiera matado como ya me mató la última vez. Si en esa ocasión lo celebramos por todo lo alto, ahora toca celebrarlo por todo lo bajo. Simplemente porque no quería volver a pasar por ello. Lamento haberles dicho que me iba una semana después de la fecha real a la que me iba. Al estilo “Will Hunting”. Lo siento mucho, y lo sabéis. Pero ya me conocéis, y sabéis que hago las cosas como las hace Sinatra: a mi manera. Y este asunto no era negociable. Porque las despedidas son mi kriptonita. Sabéis que os quiero con locura y sé que no me guardaréis ningún rencor. Lo vais a soltar todo. Soy adicto a las risas, pero alérgico a las despedidas. Y no lo hubiera aguantado su escozor una segunda vez. Os deseo lo mejor. Y si fuera poeta os lo transmitiría con palabras que lograran poneros la piel de gallina, y no de pato, como es el caso. Pero no lo soy. Ya sabéis que escribir no es mi fuerte. Más bien es mi débil.

Y si la vida es una mesa, su narrador es quien te indica dónde acaba cada una de sus vueltas. Y aunque tengas mil planes en tu cabeza y encuentres algunas salidas, nunca logras dominarlo. Siempre tiene la última palabra. Y la última frase. Y el último párrafo. Lo controla absolutamente todo. Pero ahora, en este instante, hay una cosa que no permito que domine: el fin de mi sueño, ese que por fin deja de ser un diamante en bruto para transformarse en limpio, y el relato con su descripción que ahora estás leyendo. Porque hoy, venciendo de nuevo mi síndrome a la hoja en blanco, la última frase que escribo de este viaje la domino yo. Y nadie más. Y acaba con la lección que he aprendido a la fuerza durante mis últimos 94.608.000 segundos de vida: los sueños se pueden aparcar, pero nunca abandonar.

FIN.

CURIOSIDAD.

El tiempo del sueño. En la mitología aborigen australiana, El Sueño o Altjeringa (también llamado “Tiempo del sueño”) es un “érase una vez” sagrado; un tiempo más allá del tiempo en el cual los Seres Totémicos Espirituales ancestrales formaron “La Creación”. Los Aborígenes creen en dos formas del tiempo; dos corrientes paralelas de actividad. Una es la actividad diaria objetiva, la otra es este ciclo infinito espiritual llamado “tiempo de sueño” más real que la realidad misma. Lo que sea que pase en el tiempo de sueño establece los valores, símbolos, y las leyes de la sociedad aborigen. Se creía que algunas gentes de poderes espirituales inusuales tenían contacto con el tiempo de sueño.

DEDICACIÓN.

No podemos acabar este viaje sin recordar a las 100 personas que nos han desvelado su sueño. Esperamos que todas tengan su oportunidad y lo puedan cumplir tarde o temprano. Nada nos haría más felices que saber que lo han logrado. Ojalá algún día leamos un blog escrito por cada uno de ellos describiendo cómo realizaron su mayor anhelo, como nosotros hemos hecho con el nuestro.

INSPIRACIÓN: “ADVERTENCIA BENÉVOLA AL ASPIRANTE A VIAJERO”.

Bienaventurados los que no viajan jamás y los que apenas sienten deseos de conocer países remotos, ya que ellos gozarán de una vida apacible y llena de regocijo.

Bienaventurados también los amantes de los viajes que en sus períodos vacacionales recorren brevemente diversos lugares del planeta, pues ello les aportará enseñanzas enriquecedoras y les colmará de experiencias dichosas.

Pero ¡ay de aquellos que han osado emprender el Camino del Viajero! Porque ello no les dejará ni un momento de quietud y les substraerá de los demás intereses de este mundo; se afanarán únicamente por intentar satisfacer en vano su insaciable pasión por los viajes y nunca considerarán haber viajado lo suficiente. A esas almas vagabundas sólo les aguarda desasosiego e infinita ansiedad por aprender sin cesar sobre todos los rincones de la Tierra, sobre la naturaleza de los seres que la pueblan, y sobre el significado de su propia existencia.

JORGE SÁNCHEZ.

8 Responses to “Capítulo 17. Viajar es una mierda (Australia).”

  1. Alíciaoctubre 28, 2018 at 7:46 pm #

    Sabíamos que te esperaba un sueño y que, inevitablemente, caerías rendido ante él. Gracias por esas palabras de búsqueda y encuentro, en ellas eres tú más que nunca.

    • Albert Soler
      Albert Soleroctubre 29, 2018 at 2:26 am #

      Gracias, Alicia!!!! Debes ser la única persona que ha leído este tostón, a parte de mi madre! 🙂
      Pues ya ves, con una edad y aún buscándome y creándome. Ojalá sea así hasta mi último día! Y cumpliendo sueños, porque creo que es de las pocas cosas que dan sentido a la vida. Un abrazote de gol y si queréis venir, ya tengo coche para veniros a buscar al aeropuerto! Y nos vamos a hacer una barbacoa delante del mar. Y sin falta de carbón, que son eléctricas! Y gratis!

  2. JuanDeoctubre 29, 2018 at 8:35 pm #

    Eres grande, cabronazo!!! Mu grande, copón!

    • Albert Soler
      Albert Soleroctubre 30, 2018 at 12:50 am #

      Y tu también, JuanDe! Y encima poeta y músico! Y ya lo sabes, si quieres venir a buscar a los familiares, te vengo a buscar y peinamos el país! Un abrazote!!! 😉

  3. Montse Casamitjanaoctubre 29, 2018 at 10:11 pm #

    m’ha encantat.. els somnis es poden aparcar, però mai oblidar!
    Molta sort Albert!

    • Albert Soler
      Albert Soleroctubre 30, 2018 at 12:52 am #

      M’encanta que t’encanti! Deus ser de les poques persones que l’ha llegit! Molta sort a tu també, i sàpigues que un encara recorda amb certa nostàlgia aquella temporada a la Molina! M’ho vaig passar realment bé i en guardo un molt bon record! Una abraçada!

  4. Douglasoctubre 31, 2018 at 5:25 am #

    Sueños!… De los tuyos, de los nuestros, de cualquier persona sensible que por distintas vías se busca a sí misma. Todo éste torrente de sensaciones, retos y aventura que describes, que sepas que erizan la piel! Agradecidos (Esther y yo) de haber compartido un pequeño pero intenso tramo de camino en ésta autopista que es la vida!
    Muchos abrazos! Nos llegó ayer una postal que nos inspira desde su llegada a seguir nuestro sueño! Gràcies trota Mon!!! El teu viatge ens motiva a fer el nostre!!!

    • Albert Soler
      Albert Soleroctubre 31, 2018 at 6:42 am #

      Gràcies, Douglas i Esther! Us devia la postal. Ja ho sabeu! Guardo la vostra a un raconet del meu cor. I no oblidis que, després d’aquest somni, al igual et demano informació sobre Nicaragua. M’encantaria anar-hi algun dia! Una abraçada que afoga i molts records des de l’altra punta del món!!!

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